
Libros de Jacques Anatole France
Citas del autor en versión PDF

Escritor francés. Se crió en la librería de su padre, que estaba situada en la acera opuesta al Louvre, de forma que su vocación por las letras fue natural. Comenzó su carrera literaria como poeta de la escuela parnasiana, con unos versos fríos, atildados, casi de orfebrería. Su primer libro, después de un ensayo sobre Alfred de Vigny (1868), fue Poèmes dorés (Poemas áureos, 1872). Pronto abandonaría la poesía por la prosa y durante veinte años se hallaría bajo la influencia de Ernest Renan, el autor de la polémica Vie de Jésus, siendo los dos fundamentos de su filosofía el amor a la razón y el amor a lo bello. Jamás dejaría de reverenciar el espíritu latino, la tradición clásica del orden, la compostura, la claridad y el buen gusto. Su instinto era hedonista, pagano, escéptico y humanista. Poseía poca o ninguna predeterminación moral, aunque no fuera indiferente a la fe ingenua del campesino, ni al san Francisco de Asís medieval, ni a las enseñanzas de Jesús. Lo suyo era el epicureísmo del Renacimiento, de la decadencia romana, y Epicuro y Petronio, Villon y Rabelais. Personalmente era alegre, ingenioso, afable, parlanchín y cínico. Su conversación era una compleja mezcla de ironía, ternura, sensualidad, amor a la belleza, sabiduría mundana, salpicada de alusiones literarias, principalmente clásicas. El ácido escepticismo del s. xix había corroído todas sus creencias y lo había convertido en el escéptico más acabado de la literatura francesa desde Montaigne y Voltaire. Una vez había escrito: «Todas las mentes más excelsas de nuestra raza han sido escépticas». Añadía a su irónico escepticismo una elegante y despreocupada indiferencia, y una tolerante y simpática comprensión para todo, sin dar particular importancia a nada. La historia de la humanidad la expresaba en pocas palabras: «Nacieron, sufrieron y murieron».
Casado con Valérie Guérin, después de su divorcio en 1892 el gran amor de su vida fue madame Arman de Caillavet. Recibió muchos honores. Su novela Le crime de Sylvestre Bonnard (El crimen de Sylvestre Bonnard, 1881) fue premiada por el Instituto Francés; luego de haber publicado La rôtisserie de la reine Pédauque (El figón de la reina Pédauque, 1893), Le lys rouge (El lirio rojo, 1894) y Le jardin d'Epicure (El jardín de Epicuro, 1894), obras que contenían la esencia de su filosofía, fue elegido miembro de la Academia Francesa. En 1921 fue galardonado con el premio Nobel de Literatura. Al año siguiente sus libros eran puestos en el Índice por la curia romana. Como crítico era impresionista, y afirmaba la inevitable subjetividad de cualquier juicio. Atacó la superstición, la intolerancia, la demagogia y la dictadura, y defendió la libertad de pensamiento, la ciencia y la educación liberal. Abogó también por la educación de las masas, la separación de la Iglesia y el Estado, la reforma social y los derechos de las minorías. Amigo del famoso socialista Jean Jaurès, denunció con él y con Émile Zola el fraude de la justicia en el asunto Dreyfus. Sus últimos libros fueron sátiras sociales: L'île des pingouins (La isla de los pingüinos, 1908) y La révolte des anges (La rebelión de los ángeles, 1914). A su muerte se declararon en Francia funerales nacionales, pero su reputación declinó luego rápidamente, y su frío intelectualismo y su escepticismo le hicieron perder actualidad. (1844, París-1924, La Béchellerie, Saint-Cyr-sur-Loire)
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Al final de nuestra vida, creo que las únicas cosas agradables serán las que soñamos y las que no llegamos a hacer.
El árbol de las leyes ha de podarse continuamente.
El arte de la guerra consiste en ordenar las fuerzas de tal modo que no puedan huir.
El buen crítico es aquel que cuenta las aventuras de su alma en medio de las obras maestras.
El cristianismo ha hecho mucho por el amor convirtiéndolo en pecado.
El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen.
El libro es el opio de Occidente.
El porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños.
El pudor es una hipocresía enorme, aunque corriente, y consiste en no decir sino rara vez lo que se piensa continuamente.
Ella vive en mí y no morirá sino a mi muerte. Es lo que hemos amado en la discontinuidad y en la dispersión de la vida lo que amaremos en la unidad, en la pureza, en la simplicidad de una memoria fiel.