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Reina de Suecia. Hija de Gustavo Adolfo II, a quien sucedió a la temprana edad de seis años bajo la tutela del canciller Oxenstierna. En 1644, a los dieciocho años, fue declarada mayor de edad y reinó personalmente. En 1645 firmó el tratado de Brömsebro con Dinamarca, obteniendo importantes concesiones, y agilizó las negociaciones de los tratados de Westfalia (1648), dando un decisivo paso para la conversión de Suecia en una gran potencia. Persona muy culta y con una gran inquietud intelectual, fue protectora de las letras y las artes, y se rodeó de los sabios más eminentes de su época, entre los que destacan Descartes y Grocio, con quienes organizaba largos debates en los que siempre aportaba reflexiones interesantes. Después de apartar del poder a Oxenstierna, emprendió una política de dispendio y se mostró poco interesada en la hacienda del reino, lo que afectó gravemente las finanzas suecas y minó su popularidad. De temperamento sensible, inestable y nervioso, rechazó el matrimonio, y para gobernar siguió el consejo de una corte de personajes intrigantes, como el médico francés Bourdelot, el conde de La Gardie, Pimentel, Tott y otros. En 1654 renunció al trono en favor de su primo Carlos Gustavo príncipe del Palatinado, que fue coronado como Carlos X Gustavo. A partir de entonces se dedicó a viajar y pasó largas estancias en diversos países europeos, estableciéndose en Bruselas. Once años más tarde, durante su estancia en Innsbruck, anunció su conversión al catolicismo y se trasladó primero a Roma y más tarde a Francia, para fijar al fin su residencia en Fontainebleau, donde se vio envuelta en el asesinato, el 10 de noviembre de 1657, de su presunto amante, el caballerizo mayor Monaldeschi. Tras el escándalo, se trasladó de nuevo a Roma, ciudad en la que pasó los últimos años de su vida rodeada de intelectuales. (Estocolmo, 1626-Roma, 1689).
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El secreto de poner en ridículo a las personas reside en conceder talento a aquellos que no lo tienen.
Hay dos cosas que siempre hacen hablar: el coraje y la vanidad.
La grandeza no consiste en hacer todo aquello que se quiere, sino en querer todo aquello que se debe.
La grandeza y el honor, como los perfumes, los que los llevan apenas los sienten.
La más pequeña mosca irrita al león más temible.
La vida es un tráfico donde se balancean las pérdidas y las ganancias.
Los hombres desaprueban, por lo común, lo que son incapaces de ejecutar.
Si se conocieran a fondo los deberes de los príncipes, pocos serían los que los desearan.
Somos más sensibles a los males que aquejan este mundo que a los bienes que lo adornan.
Todo lo débil es viejo, todo lo fuerte es joven.
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