
Libros de Armando Palacio Valdés
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Escritor español. Tras pasar su infancia en Asturias, se estableció en Madrid a partir de 1870. En su obra se distinguen tres etapas. La primera, marcada por su amistad con Clarín y por la adopción de posturas democráticas, incluye sus primeros escritos en periódicos de signo republicano como Rabagás, periódico satírico-político publicado en 1872 junto con Clarín, Tuero y Rubín. Parte de sus colaboraciones en la Revista Europea formaron los libros Los oradores en el Ateneo, Los novelistas españoles (1878) y Nuevo viaje al Parnaso (1879), recopilados posteriormente en el volumen Semblanzas literarias. En 1881 publicó la colección de artículos La literatura de 1881, escrito en colaboración con Clarín. La segunda, durante la que publicó sus mejores obras, se inició con la dedicación a la novela y culminó a mediados de los años noventa. A esta etapa corresponde una serie de novelas que se sitúan dentro del marco de la literatura española de la Restauración, cercana al ideal de frialdad narrativa expuesto por Guy de Maupassant, y en ellas aparecen las características del costumbrismo regionalista decimonónico, en cuanto a técnica, ambiente y personajes: El señorito Octavio (1881), Marta y María (1883), El idilio de un enfermo (1884), José (1885), Riverita (1886), Maximina (1887), El cuarto poder (1888), La hermana San Sulpicio (1889), y sus novelas más polémicas, La espuma (1891), La fe (1892), El maestrante (1893) y El origen del pensamiento (1895). A partir de 1896, año de la publicación de Los majos de Cádiz, se produjo un giro ideológico en su obra hacia posturas más conservadoras, centradas en torno a la moral y la espiritualidad cristianas, y desciende también la calidad de sus escritos. De esta última etapa destacan, entre otras obras, La alegría del capitán Ribot (1899), La aldea perdida (1903), Tristán o el pesimismo (1906), Santa Rogelia (1926) y Sinfonía pastoral (1931). (Entralgo, 1853 - Madrid, 1938).
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Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo.
Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en suspender los pagos.
El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos, prende, casi siempre, con fortaleza.
En este mundo, los errores se expían como si fuesen crímenes.
La admiración es bien recibida aunque venga de los tontos.
La vida no se nos ha dado para ser felices, sino para merecer serlo.
Lo más triste es la tristeza de una persona alegre.
Me agradan las mujeres hermosas que se lavan con agua pura, los chistosos que no preparan sus chistes y los literatos que escriben sin pensar en la imprenta.
Si su amor fue una comedia, su matrimonio será un drama.
Triste es llegar a una edad en que todas las mujeres agradan y no es posible agradar a ninguna.